La lucha de Esperanza ayudan a mantener la fe

Por Pedro Franche

Intento una mirada de largo plazo a través de una historia particular que conozco. Empieza 45 años atrás, en un colegio de monjas de La Victoria, cerca del Parque Cánepa. Llega al tercero de primaria una niña que ya casi ha perdido totalmente la vista, apenas ve sombras y eso le durará poco:  se llama Esperanza y está ahí porque han cerrado el colegio para ciegos.

¿Cómo hace educación física una niña ciega? Corriendo amarrada, un poco suelta, a su amiga que si puede ver. ¿Cómo aprendía matemáticas en un tiempo sin computadoras personales ni internet que convierta en audio? Con una caja de 10 x 10 donde se van acomodando cubos con puntos en relieve para representar números. ¿Cómo sabe si sus amigas son altas o bajas, blancas o mestizas, chinas o cholas? Preguntando y preguntando, haciendo que sus amigas se adiestren en observar y describir. ¿Cómo responde los exámenes? Tiene que usar una máquina de escribir lo que, como ella cuenta, era muy difícil porque no podía leer lo que escribía y tenía que concentrarse muchísimo para no repetir las palabras; en muchas ocasiones las profesoras se quejaron por el ruido de la máquina.

Cuarenticinco años después, tiene título de educadora y es invitada a dar unas charlas de capacitación a Celendín, a un par de horas en carro de Cajamarca. Para muchos de nosotros, es cuestión de tomar el avión, ir al paradero, tomar el carro, ir a un hotel. Nada es así de fácil para una persona ciega. Pero ahí llegó Esperanza, dando una mano a los maestros de esa provincia alejada.

Diría que es casi imposible “ponerse en los zapatos” de una persona que no puede ver. Difícil imaginarse todo lo que habrá costado, cuando no había programas ni políticas públicas para personas con discapacidad, cuando una persona invidente solo podía acceder a muy pocos libros en braille o en audio, ingresar a San Marcos y estudiar una carrera universitaria con escasos medios económicos. Miles de barreras, de gente que no entiende ni empatiza, de traslados en micro con mucha indefensión, de momentos llenos de miedo y angustia.

Esperanza Villafuerte lo logró. Es profesional, se casó y se divorció, terminó una maestría, trabaja a tiempo completo en un puesto ganado por concurso público, sobrevive con un sueldo modesto, estudia una segunda carrera.

No sólo eso: Esperanza es activista por los derechos de las personas con discapacidad y en especial por las mujeres con discapacidad. Me encanta el nombre de su cuenta en tuiter: @40karatslady. Ha participado por años en diversas organizaciones gremiales que defienden a este grupo social. Sabe cómo nadie todas las leyes, decretos y planes públicos. Elaboró las cartillas de la ONPE para facilitar el voto de quienes sufren alguna discapacidad. Conoce todas las discusiones, los argumentos y las argucias. ..Ahora su nuevo reto para continuar esta lucha es que postula al congreso con el número 10 en la lista de Juntos por el Perú.

En un momento como el actual, cuando la economía no crece ni genera empleos, la industria está parada y la salud carece de presupuesto, los congresistas ladrones se aferran a sus puestos y quieren volver, cuando Keiko está libre gracias por un señor Blume elegido con los votos fujimoristas y Chávarry sigue de fiscal supremo, cuando se puede decir en TV que 8 mil violaciones son pocas, cuando ni el presente ni el futuro se ven prometedores, vale la pena regresar a estas historias personales.

Porque ¿acaso para que Esperanza Villafuerte haya podido crecer y luchar tuvo como respaldo un país próspero y propicio? No! Tuvimos hiperinflación, derrumbe de la economía, terrorismo, San Marcos asediada por las balas, dictadura fujimorista. Si uno mira de lejos, Esperanza trae esperanza.  ¡El pueblo no se rinde, carajo!

Desigualdades

Luchas como las de Esperanza ayudan a mantener la fe. Me viene a la mente Javier Diez Canseco, ese luchador incansable a pesar de su marcada cojera, honesto y valiente como el que más. En uno de sus últimos activismos promovió la campaña “Discapacidad no es Incapacidad”. Luchaba contra todas las desigualdades y contra ésta en particular, pero siempre evitando la victimización y pensando en el pueblo como protagonista de la historia. Seguimos luchando, Javier, con la esperanza de que la humanidad se abra paso a un futuro mejor.

 

(foto leyenda)

Tengo 25 años de activismo en derechos humanos. Soy empleada pública. El Gobierno no tiene políticas de responsabilidad social que respete los derechos colectivos de grupos como el nuestro. Entonces, si tú quieres ayudar, tienes que hacer un sacrificio personal. […] De la misma forma que he financiado mi activismo, voy a financiar [mi campaña]: conversando con personas, compañeros como yo que quieran apoyarla. Nosotros no tenemos millones, pero somos millones.

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