Por Jorge Carrión*

New York. 14 de marzo de 2021,- En la notable serie Mrs. América, ambientada en los años setenta,
llama la atención que la conservadora protagonista use grabaciones en cintas de casete y correo
postal para difamar a sus oponentes feministas. En solamente una generación hemos pasado de esas
tecnologías de la comunicación, que ahora nos parecen lentísimas, a la instantaneidad de Gmail,
Facebook, Twitter o WhatsApp. Un salto de puro vértigo.

La velocidad del transporte, las comunicaciones y el conocimiento no ha parado de incrementarse
exponencialmente en este cambio de siglo. En El futuro va más rápido de lo que crees, Peter
Diamandis y Steven Kotler ponen un ejemplo rotundo de ello. En 1997, la computadora Deep Blue
de IBM derrotó al ajedrez al campeón del mundo, Gary Kaspárov; exactamente veinte años más
tarde, la AlphaGo de Google ganó al campeón de go Lee Sedol. La complejidad del ajedrez es de 10
elevado a 40; la del go, de 10 elevado a 360. Una diferencia de 320 en solamente dos décadas.

Esas diferencias aumentarán pronto, abismalmente, con la computación cuántica. Según otro
tecnólogo estadounidense, Ray Kurzweil, en unos años cualquier ordenador portátil tendrá la misma
potencia de cálculo que el cerebro humano. La tecnología está acelerando el mundo a una velocidad
frenética y sin precedentes. El problema es que nuestros cerebros, en cambio, no han ganado en las
últimas décadas mayor capacidad de procesamiento. De modo que nuestro ritmo mental, aunque
sea extraordinario, es cada vez más lento en comparación con el de las redes y las máquinas.

El desequilibrio cada vez más extremo entre la velocidad del mundo y la de nuestros cerebros, entre
la complejidad de la realidad y nuestra capacidad de pensarla y entenderla, está dilatando la brecha
digital y está cambiando el sentido de lo que entendemos por desigualdad. Entre 2015 y 2030 vamos
a pasar de 15.000 millones de dispositivos conectados a cerca de 500.000 millones en todo el
mundo. Y se van a acabar de configurar dos categorías de ciudadanos o —lo que es lo mismo— de
usuarios de internet. La distancia cada vez mayor entre los hiperconectados y los simplemente
conectados no solo está decidiendo el futuro, también está creando un nuevo mercado.

Porque las mismas megacorporaciones que convirtieron el ordenador personal, el teléfono móvil o
la conexión a internet en bienes de primera necesidad, ahora experimentan con los neuroimplantes

que —en las próximas décadas— todos necesitaremos para no vernos obligados a bajarnos del tren
superrápido de la ultramodernidad. Las grandes compañías tecnológicas van a lucrar con esa nueva
ansiedad, comparable a la que durante el siglo pasado provocó la creación de las industrias de la
autoayuda o la cirugía estética.

“Una de las formas de interpretar la aceleración tecnológica descrita en este libro es como parte de
un viaje continuo hacia la abundancia”, afirman Diamandis y Kotler. La multiplicación de los recursos
tecnológicos apunta, según ellos, hacia más democracia y mayor conciencia medioambiental. Ven la
implementación de la robótica también con optimismo: va a permitir que el ser humano se dedique
al ocio, los cuidados o la creatividad, mientras llega la renta básica universal. Los más talentosos y
capaces, de cualquier rincón del planeta, podrán acceder a una educación superior y participar de
esa supuesta fiesta de la inteligencia colectiva.

Pero la verdad no apoya esas fantasías. Según el último informe de Freedom House, no se puede
afirmar que la democracia esté avanzando mientras sí lo hacen, brutalmente, las redes 5G o la
interconexión de las cosas. Y ya ha empezado la carrera entre Estados Unidos y China por el 6G, que
hará que internet sea cien veces más rápido de lo que es hoy. De modo que es legítimo pensar que
la única motivación del cambio de paradigma y de la velocidad que lo impulsa es la sed de poder de
las superpotencias y el lucro de sus mejores ingenieros.

El epílogo de El futuro va más rápido de lo que crees apoya esa idea: es un sorprendente espacio
publicitario de los cursos, el coaching, las becas o los fondos de inversión que ofrece o gestiona
Diamandis. Se trata de talleres y lecciones para “entrar en este estado de conciencia llamado ‘flujo’
—mayor productividad, aprendizaje, creatividad, cooperación, colaboración (y la lista sigue)—” que
supuestamente “nos regala la habilidad necesaria para seguir el ritmo”.

En paralelo, Elon Musk y muchos otros emprendedores disruptivos y multimillonarios están
invirtiendo en proyectos de neuroimplantes, que, al mismo tiempo que ayudarán a neutralizar la
parálisis cerebral o el Alzheimer, también mejorarán brutalmente la memoria o la capacidad de
aprendizaje de quien pueda pagárselos. Y multiplicarán fortunas que ya están fuera de toda escala.

El desfase entre la velocidad de la humanidad y la de cada uno de los seres humanos que la
componen se está convirtiendo en un fallo central del sistema. Se trata de una brecha que
trasciende la noción de género, de un abismo que se dilata en el corazón del abismo de la
desigualdad. Mientras los ricos se vuelven cada vez más ricos y acumulan, en las nubes de sus
empresas, más información y más conocimiento, millones de personas son atropelladas por la
velocidad excesiva de la realidad.

Si ralentizar el ritmo de las múltiples convergencias científicas y tecnológicas es incompatible con el
modo en que hemos cifrado la economía, al menos sí que deberíamos aprender de los errores

recientes. Hemos permitido que las grandes plataformas impongan un sistema de vida y de
consumo, sin haber previsto una regulación adecuada que controlara esa metamorfosis y la hiciera
más transparente y justa. Pero todavía estamos a tiempo de llegar a acuerdos importantes en
neuroderecho y en otros nuevos frentes que se abren en el núcleo del presente.

Chile ha tomado la delantera y se han convertido en un modelo, señalando el camino hacia un nuevo
derecho humano, el de estar protegidos ante los avances de las tecnologías neurológicas. No se
debería haber dejado la investigación de las vacunas contra los virus en manos de laboratorios
privados, no se debe permitir que los neuroimplantes tengan también un copyright abusivo, y los
gobiernos y organismos internacionales deben comenzar a regular en serio todo aquello que está
dejando de ser ciencia ficción.

Es urgente incluir una fuerte dimensión ética en la carrera vertiginosa, afrodisíaca, de los
dispositivos, las redes, la innovación, porque no sabemos a dónde nos conduce. Como dice el
filósofo chino Yuk Hui en su interesantísimo ensayo Fragmentar el futuro, la tecnología nos ha
situado en medio de otro tipo de flujo (muy distinto del que vende Diamandis): uno “de fuerza
metafísico que está arrastrando a los humanos a un destino desconocido”. Tal vez, después de dos
siglos de aceleración continua, haya llegado el momento de aprender de los accidentes que ya ha
causado el exceso de velocidad.

*Jorge Carrión (@jorgecarrion21), colaborador regular de The New York Times, es escritor y
director del máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Sus últimos libros publicados son Contra
Amazon y Lo viral. Es el autor del pódcast Solaris, ensayos sonoros.

Avances en implantes

Por Miles Teg
Desde siempre, el ser humano ha buscado innumerables formas de superar sus propios límites, ya
fuese, inventando vehículos para llegar más lejos de lo que nuestras propias fuerzas podrían
llevarnos, o inventando una prótesis para recuperar un miembro perdido… y és en este ultimo
campo, en el de mejorar o reparar nuestro propio cuerpo, en el que la ciencia empieza a obtener
grandes avances.

Ya desde hace tiempo, existen prótesis que sustituyen algún miembro, facilitando a las personas que
les faltaba dicho miembro (como puede ser, por ejemplo, un brazo o una pierna), llevar una vida
mejor, pero últimamente, la ciencia esta yendo un paso más allá, no solo sustituyendo un miembro,
sino consiguiendo, por ejemplo, mover una prótesis con el pensamiento. Esto que puede parecer
ciencia-ficción no lo es tanto, como demostró el científico Miguel Nicoleis en experimentos con

monos donde, tras implantarles unos electrodos en su córtex motor estos conseguían mover un
brazo robótico con el pensamiento y utilizarlo para alimentarse. E incluso en casos en que por
cualquier motivo, como puede ser el caso de un tetrapléjico, se tengan dañados los miembros y no
pueda mover su cuerpo por debajo del cuello, como el de Tim Hemmes, que habiendo quedado
tetrapléjico por los daños recibidos en la columna tras un accidente de moto, la Universidad de
Pittsburgh acaba de conseguir que mueva un brazo robótico con el cerebro gracias a un
neuroimplante, colocado en su cerebro tras una operación que tuvo lugar en agosto, duró dos horas
y consistió en colocar varios electrodos en la superficie del cerebro. Tanto estos como otros avances
en neurociencia se mueven en la misma dirección: intervenir en el cerebro humano para corregir o
mejorar sus limitaciones. Lo que no sólo abre el
camino terapéutico sino que puede expandir nuestras capacidades a largo plazo.

Y con lo de nuestras capacidades a largo plazo, no es que sea algo que se plantee para empezar a
investigar en un futuro lejano, sino que en la actualidad ya existen estudios prometedores en ese
sentido, como el del equipo de Theodore Berger, de la Universidad del Sur de California, que lleva
unos años trabajando en un chip que pueda implantar en el hipocampo y ayudar en la formación de
recuerdos en pacientes que hayan sufrido daños cerebrales. Y no solo tiene que ser por medio de
implantes y parecidos, pues también hay otros proyectos que investigan por la vía farmacológica y
de entrenamiento cognitivo. Estos sistemas consisten en entrenar capacidades concretas, como la
memoria de trabajo, mediante una especie de “neurofeedback” en el que el sujeto realiza tareas que
estimulan el rango del encefalograma que el científico quiere entrenar. En una iniciativa pionera en
Zaragoza, el equipo de Javier Mínguez ha conseguido mejorar la memoria de trabajo de los sujetos
sanos por encima de un 10% y se ha mostrado eficaz, de forma experimental, con pacientes de
fibromialgia.

En definitiva, se están haciendo grandes y prometedores avances en este campo, pero la pregunta
que creo que hay que hacerse es ¿Hasta dónde nos llevara esta tecnología? Hay diversas opiniones
al respecto, desde la de Miguel Nicolelis, según el cual, en el largo plazo, “nuestra mente podrá
interactuar con las máquinas a distancia”, así como que la tecnología del interfaz cerebro-máquina
cambiará nuestra manera de comunicarnos. “Internet como la conocemos desaparecerá”, asegura.
“Vamos a tener una red cerebral real”. Aunque por otro lado tenemos a científicos como José Luis
Pons, que lleva años trabajando en neuroprótesis, que se muestran mucho más cautos. “Todas estas
predicciones sobre las tecnologías del futuro hay que cogerlas con pinzas”, nos dice “Los
dispositivos, cuando tengan un interés social, porque mejoran la capacidad de vida de las personas,
se adoptarán y se aceptarán. Como el estimulador cerebral profundo o un dispositivo para que una
persona que tenga paraplejia vuelva a andar… Lo de internet en el cerebro es un poco aventurado.”
O Javier Mínguez, que asegura que “Seguramente veremos muy pronto gente con discapacidades
severas capaces de mover un brazo robótico gracias a un chip, y se conseguirá porque en EEUU
están haciendo una inversión masiva. De ahí a conectarnos cerebralmente a internet, estamos
todavía bastante lejos”. Sea donde sea hacia donde estos avances nos lleguen, habrá que ver como
la sociedad se va adaptando a estos.
Publicado: Biunix Universidad de Valencia
Foto: http://sarifindustries.com/es/#/home/

Fuentes: http://noticias.lainformacion.com/ciencia-y-tecnologia/ciencias-general/el-largo-viaje-
hacia-el-cerebro-aumentado_NxCxLYr7kUO3OUkPQ9I9O1
http://www.futurity.org/health-medicine/paralyzed-man%E2%80%99s-mind-moves-prosthetic-
arm/
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/science/newsid_2847000/2847809.stm

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