Verónika Mendoza es la única candidata de la izquierda progresista para las elecciones
presidenciales del 11 de abril. En un país en donde los proyectos de izquierda no han
contado con apoyo popular, la candidata parece encarnar una alternativa esperanzadora.

Por Gabriela Wiener*
(foto carnet)

MADRID 30 de marzo de 2021— El penúltimo debate presidencial en Perú, el domingo pasado, lo
ganó la candidata de la izquierda, Verónika Mendoza, solo por ser una persona normal. No es
broma. Entre sus rivales, hay un señor que afirma que la covid se cura con cañazo y sal, otro que no
cree en el uso de las mascarillas y un exfutbolista que asegura que sobran vacunas en el mundo.
También aspira a la presidencia la hija del dictador Alberto Fujimori, Keiko, imputada por corrupción
y deseosa de indultarlo.

En el debate de ayer, que volvió a ganar según varias encuestas, vimos lo mismo: la sensatez y el
sentido común son ahora mismo bienes escasos en la campaña electoral peruana. El 11 de abril,
cuando serán los comicios por la presidencia, los peruanos tendremos demasiadas alternativas. Y
creo que solo una, la que de manera más clara ha logrado trasmitir su plan de gobierno, es la opción
para no retroceder: Mendoza. Su propuesta se resume en poner por delante la vida y la salud de la
gente; defender que la educación, la sanidad y la vivienda son derechos y no negocios, y reconocer a
todos los peruanos como iguales.

En los debates hemos visto una parte de la retórica que están usando los candidatos para
desacreditarla: buscan retratarla como una mujer radical y chavista, los demonios de una izquierda
anacrónica que ella no representa. El problema es que semejante estrategia del miedo puede que
sirva para ganar votos pero no para mantener la gobernabilidad del país. El Perú vive una crisis
política eterna. Y tras décadas de gobiernos neoliberales esa crisis es imposible de ocultar.

La elección de candidatos de derecha no ha servido para evitar la plaga de la corrupción o salvarnos
de una pandemia global. Ante este escenario catastrófico, tenemos solo dos vías: optar por la
corriente continuista y conservadora en políticas económicas y sociales o dar un salto de fe y elegir,
por primera vez en décadas, una opción progresista.

Así que el 11 de abril, los peruanos tendremos la opción de optar por esa posibilidad inédita en
nuestra historia reciente: salir de las opciones de derecha. Y sería también histórico tener a una
mujer al mando en un país en el que ninguna mujer ha sido llegado a la presidencia por elección
popular.

Hemos probado en el Perú décadas de populismo, de proyectos empresariales, de planes de centro
que se quedan en el discurso, de derecha y más derecha económica. Aún quedan por probar el
progresismo real, la democracia participativa, el feminismo, los derechos sociales. Quizá se avance
poco a poco pero solo algo está claro: Verónika Mendoza es la única opción para no retroceder.

El escenario del desencanto
Todo empieza con la Constitución de Fujimori de 1993 que precariza el sistema público, entrega el
Estado a los grandes poderes económicos y lo hace con suficiente margen para la proliferación de la
corrupción. La sensación es de estar viviendo la democracia como farsa. Los mandatarios de los
últimos años —salvo uno que se suicidó para evadir la justicia— están procesados, vacados o presos.
Y solo en el último año (¡en el trascurso de una semana!) el Perú tuvo tres presidentes.
En este escenario de desencanto, más de un tercio de los peruanos sigue indeciso y el voto se
reparte lenta y tímidamente con una media bajísima por candidato, incluso para quien encabeza los
escrutinios: Yonhy Lescano, el candidato del cañazo y la sal, congresista eterno, líder de uno de los
partidos golpistas que hace pocos meses vacaron al expresidente Martín Vizcarra en plena crisis
pandémica. Como se sabe, dicha maniobra ilegítima fue rechazada por la población y las
manifestaciones fueron objeto de una feroz represión. Dos jóvenes fueron asesinados y Lescano
sigue lavándose las manos de lo ocurrido.

El segundo lugar lo disputan cuatro aspirantes a los que distancia muy poco margen: el exfutbolista
George Forsyth, hombre de derecha liberal con una docena de fujimoristas en su lista parlamentaria;
la propia Keiko Fujimori, quien no necesita mayor presentación: requiere de una orden judicial para
moverse por el territorio; el ultraderechista Rafael López Aliaga, empresario millonario moroso,
alguien que se flagela todos los días por Cristo. Y, finalmente, Verónika Mendoza, la única candidata
de izquierda y cuyo lema personalista y rítmico es: “Con Vero, el cambio verdadero”. Una idea que,
sin embargo, parece empezar a calar en la población a menos de dos semanas de las elecciones.

“Puedo comprender que en este doloroso contexto haya temor al cambio”. Hay más de 50.000
muertos—aunque se sospecha que la cifra real podría ser mucho mayor— por la pandemia en Perú y
“hay quienes lo aprovechan para atizar el odio, pero también hay más claridad en que las cosas no
pueden seguir como hasta ahora”, me dijo Mendoza desde su pequeño departamento en el
clasemediero distrito de Jesús María en Lima por Zoom.

La candidata de Juntos por el Perú me cuenta que prepara un “juguito de mango” en su primera
mañana libre después de tiempo. Todos duermen en casa mientras conversamos pero en breve,
dice, los despertará.

¿La primera presidenta peruana?
Sería histórico tener por primera vez a una mujer como presidenta del Perú, más aún si es una mujer
que no nació en Lima, la capital, sino en Cusco. Es hablante fluida del francés y el quechua. Hija de
una profesora francesa que vino del mayo de 68 siguiendo la ruta del Che y de un profesor de
filosofía cusqueño, “Vero”, como la llaman, también es nieta de la partera y curandera del pueblo de
Andahuaylillas. Estudió psicología y antropología en Francia y se metió muy joven a hacer política,
fue congresista y postuló hace cinco años por primera vez a la presidencia.

Hoy vuelve a intentarlo a sus 40 años y, según algunas encuestas, se disputa el segundo lugar de la
intención de voto y su pase a la segunda vuelta. De llegar al poder encarnaría por fin el esperado
relevo generacional en la política peruana. “Nosotras estamos aquí para hacer que caigan las
caretas”, anuncia Mendoza, aludiendo al puntero de las encuestas, Lescano, quien promete
cambios, se autoproclama como alguien de centro, pero cuyo partido ha participado en la última
marcha “provida”.
Mendoza no despertó de la noche a la mañana convertida en el proyecto de líder de la izquierda
peruana que es hoy. Forma parte de esa ola de renovación de la izquierda global liderada por
mujeres. La suya es una izquierda moderna y progresista, muy distinta de la izquierda populista que
ha recorrido América Latina en los últimos años.

Su visión de país está en sintonía con las gestiones de otras líderes políticas en el mundo, como la
ministra de Trabajo española y viceministra, Yolanda Díaz, impulsora de la reforma laboral más
importante en la historia reciente de ese país. Le dijeron que el comunismo es una antigualla. “No,
antigualla es que haya pobres”, contestó Díaz mientras la Vanity Fair le hace un perfil en el que habla
de su origen obrero y lo bien que le queda el color rojo. O la senadora demócrata estadounidense
Alexandria Ocasio-Cortez, quien ha abanderado un proyecto político de izquierda impulsando
banderas como la salud pública universal y el Green New Deal, uno de los proyectos
medioambientales más ambiciosos del mundo; o Jacinta Arden, la primera ministra de Nueva
Zelanda, abiertamente feminista y con una agenda progresista desde la centroizquierda.

La candidatura de Mendoza se inserta en esa línea de políticas que han pujado por crear
transformaciones que socialicen beneficios para los más vulnerables al tiempo que plantea una
fuerte agenda de inclusividad y una plataforma medioambiental en contra de proyectos
extractivistas. “No se trata de fortalecer este Estado decrépito sino de construir uno nuevo”, dijo. Y
añadió: “La pandemia ha roto el mito de la empresa privada eficiente y sacrosanta que hoy sabemos
puede llegar a cobrar 2000 dólares por un balón de oxígeno y 60.000 por una cama UCI. No tienen
reparos en dejar morir a las personas”.

Frente al sálvese quien pueda de las élites, Mendoza destaca la solidaridad entre mujeres, también
entre las que sostienen las ollas comunes para paliar el hambre pandémico. De ahí su propuesta de
un Plan Nacional de Cuidados para sostener ese trabajo común.

El cambio en el Perú
El “cambio verdadero” consiste en empezar a transformar el Perú el año de su bicentenario hacia
una verdadera independencia, porque hace 200 años la ejecutaron las élites sin escuchar a las
mayorías. Por eso, en el corazón de su apuesta política están los derechos, la justicia social, fiscal y
económica. Para no retroceder, Mendoza propone una minería responsable con reglas claras,
reducir la deforestación al 50 por ciento y diversificación productiva; reconocimiento también de la
pluralidad de pueblos indígenas y afroperuanos; y ha prometido introducir leyes como la
despenalización del aborto, la del matrimonio igualitario y el reconocimiento de la identidad de
género.

Es la única candidata con posibilidades que ha ofrecido vacunación universal, gratuita y ordenada,
así como incrementar el presupuesto para garantizar salud de calidad para todos. Concibe la
educación, las pensiones y la vivienda como derechos borrados por la Constitución del 93. Y dice que
buscará que internet sea un derecho universal. Pondrá en marcha, además, un impuesto a las
grandes fortunas y una reforma tributaria. A mediano y largo plazo, Mendoza ha lanzado la idea de
iniciar un proceso constituyente y una asamblea para sustituir la carta magna de la dictadura de
Fujimori por una plurinacional (sería la primera vez que los pueblos indígenas sean incluidos en este
proceso) y paritaria.

¿Nos atreveremos?
Sospecho que solo hay dos razones por las que muchos peruanos aún no se deciden a votar por la
única candidata que es una persona normal.
Una es el cordón sanitario que ha rodeado durante tantos años a la izquierda peruana. Para alejarla
del poder, los sectores de derecha no han dejado de alimentar el imaginario colectivo de su
peligrosidad ideológica y no han dudado en usar para ello sistemáticamente el fantasma de Sendero
Luminoso, el grupo terrorista, y el de Venezuela. Si a eso le sumas la segunda razón, que Verónika es
una mujer que —a diferencia de Keiko, la única otra candidata de los veinte—, sí está posicionada
por los derechos de las mujeres, podemos hacernos una idea de por qué Mendoza no está a la
cabeza de las encuestas. En el Perú el machismo es transversal y hay muchos conservadores
moderados capaces de optar por un candidato progre como “mal menor” pero a los que pedirles
votar por una candidata progresista y feminista podría ser demasiado.

¿Se atreverán los que votan a partidos de derecha liberal a apoyar un voto útil por Verónika como
votó la izquierda por la derecha en las elecciones pasadas para bloquear al fujimorismo? También
está la duda de por quién votarán los miles de jóvenes que salieron hace un año a defender la
democracia y tumbaron al gobierno usurpador del partido de Manuel Merino y Lescano.

Aunque los poderes fácticos intentan mantener el statu quo a toda costa, la situación es tan grave a
un año del inicio de la pandemia que ya no se puede disimular el desgaste del modelo
socioeconómico y la crisis de nuestro sistema político. Por eso voy a votar por Verónika Mendoza,

porque siento que representa ese impulso honesto y solidario por lograr ponernos en el camino del
cambio estructural que necesita el Perú. Es un momento para ser valientes, para no retroceder, para
tomar decisiones históricas.

*Gabriela Wiener es escritora, periodista y colaboradora regular de The New York Times. Es autora
de los libros Sexografías, Nueve lunas, Llamada perdida y Dicen de mí.
(foto leyenda)
Verónika Mendoza, candidata a la presidencia del Perú durante el debate del 29 de
marzoCredit...Foto de archivo de Sebastian Castaneda/EPA vía Shutterstock

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